GALÁPAGOS, UNA RESERVA
ÚNICA BAJO ACECHO
La
captura de un barco chino que pescaba ilegalmente en las islas Galápagos ha
traído de vuelta una discusión incómoda: cuál es el estado de la conservación
del archipiélago, una de las reservas marinas más importantes del planeta.
Por JOSÉ MARÍA LEÓN CABRERA 15
de septiembre de 2017
GUAYAQUIL,
Ecuador — A mediados de agosto de 2017, Ecuador le mostró al mundo una foto
terrible: en la bodega del carguero chino Fu Yuan Yu Leng 999 estaban apilados
más de seis mil tiburones —entre ellos especies protegidas— que habían
sido pescados ilegalmente en las islas Galápagos, una de las reservas marinas
más importantes del planeta.
El
hallazgo generó una ola de indignación en Ecuador y en el mundo. Sin embargo,
según científicos, guías del Parque Nacional Galápagos y residentes, la pesca
ilegal es un mal cotidiano pero no el único que padecen las islas, que entre
2007 y 2010 estuvieron en la lista de la Unesco de los sitios Patrimonio
de la Humanidad en peligro.
Tampoco
se trata de un problema nuevo. Santiago Bucaram, economista especializado en
recursos naturales, dice que se remonta a los años noventa, “cuando los barcos
chinos se ponían en el límite para recibir el pepino de mar que era capturado
por la gente de Galápagos”.
Daniel
Orellana, biólogo experto en geoinformación y análisis espacial que trabajó en
el archipiélago, coincide con Bucaram: “El tema de pesquería ilegal en
Galápagos es permanente. De hecho, por eso se crea la reserva marina en 1998”.
La
reserva marina de Galápagos es una especie de corona imaginaria de 40 millas
náuticas que rodea las costas de las diecinueve islas y más de doscientos
islotes. En ella está prohibida la pesca, salvo para los pescadores locales. “Y
no solo para salvar especies en peligro”, explica Orellana, “sino para permitir
que las especies comerciales tengan dónde reproducirse”.
Evitar
las capturas ilegales es una forma de proteger la economía local y mantener los
equilibrios sociales. Por ejemplo, cuando el gobierno de Somalia se disolvió
por la guerra civil hace más de veinte años, los pescadores somalíes se armaron
para defenderse de las naves extranjeras que depredaban ilegalmente sus aguas,
que muy pronto quedaron sin animales que atrapar. Entonces se convirtieron en
piratas y, entre 2008 y 2017, abordaron y secuestraron casi 900 buques.
En
las Galápagos el control es abismalmente superior al caso somalí, pero la
riqueza y extensión de su mar las vuelven un blanco para flotas de todo el
mundo. Según los expertos Orellana y Bucaram, barcos de todo el mundo están al
pie de las aguas territoriales del Ecuador en el límite de la zona económica
exclusiva —doscientas millas náuticas donde solo pueden pescar buques
ecuatorianos— y muchos no resisten la tentación de adentrarse hasta la reserva
marina.
La
principal, sin embargo, es la flota china. “El problema no es su presencia,
sino su tamaño”, dice Orellana. Según la ONU, las 220 mil naves chinas son el
10 por ciento de todos los barcos a motor del planeta. La cuadrilla estacionada
al pie de las islas está conformada por más de cien, y ocupan
unos diecisiete mil kilómetros cuadrados, un área más grande que toda la
isla de Puerto Rico.
Cada
cierto tiempo, la cuadrilla se adentra en la reserva marina. Para hacerlo,
apaga su sistema de monitoreo (VMS, por su sigla en inglés) y empieza su
invasión. Cada vez que uno de estos aparatos deja de emitir su señal, se
dispara una alarma en el centro de monitoreo del Parque Nacional en la isla de
Santa Cruz, y una patrulla del Parque o de la Armada es enviada a
interceptarlo. Según el biólogo Orellana, “eso funciona cuando tienes una o dos
naves, pero si son cien barcos la tarea es inmensa”.
El optimismo oficial
Por
su parte, el gobierno dice que dentro de esta zona protegida no se les
escapa ningún barco invasor. Para el ministro de Ambiente de Ecuador,
Tarsicio Granizo, el control dentro de la reserva marina es altamente
sofisticado. “Ejemplo de América Latina y el mundo”, dice vía telefónica. “Eso
de que entran permanentemente es un poco complicado de creer, porque nuestro
sistema de vigilancia detecta a barcos de todo tamaño que entran en la reserva
marina”.
El
centro de control del Parque Nacional Galápagos funciona en la isla Santa Cruz,
tiene dependencias en San Cristóbal e Isabela y vigila los barcos dentro y
fuera de la reserva cruzando información que recibe vía satélite de las naves
más grande y mediante señal de telefonía celular de las más pequeñas. El parque
tiene cuarenta funcionarios en tareas de control y patrullaje, dos lanchas
oceánicas, cinco lanchas costeras rápidas, dos botes inflables para bahía y un
hidroavión.
“Las
capturas que hemos hecho se han debido a que han sido reportados los ingresos
ilegales”, dice el ministro Granizo, y niega que las incursiones ilegales sean
algo cotidiano. “En 2016 fueron nueve casos, sobre todo botes ecuatorianos. En
2015 solo uno. Y otros nueve en 2014”. En lo que va de 2017 se han capturado a
dieciocho: diecisiete ecuatorianos y el chino Fu Yuan Yu Leng 999.
La
pregunta es si esas detenciones son el número total de irrupciones o apenas una
fracción.
Cuando
la tripulación del carguero chino fue sentenciada a pasar entre uno y cuatro
años en prisión y a pagar una indemnización de más de cinco millones de
dólares, el ministro de Ambiente tuiteó:
“¡Cero tolerancia a delitos ambientales!”.
Pero
según Sofía Darquea, presidenta del gremio de guías certificados de las islas,
la capacidad y el estado del Parque Nacional Galápagos es
preocupante: “Está totalmente debilitado, sin fondos, sin capacidad
operativa para hacer un control y patrullaje efectivo de la reserva marina, sin
fondos para muchas otras cosas”.
Granizo
reconoce que la ley especial de Galápagos le da al Parque Nacional
“los recursos necesarios para su operación básica, lo mínimo indispensable”. Es
poco más de medio millón de dólares anuales para patrullaje básico, pago de
personal, mantenimiento de embarcaciones, sistema de vigilancia, educación
ambiental, pero el ministro asegura es suficiente para cumplir con las
metas de conservación del parque.
Un ecosistema bajo presión
El
diagnóstico de Darquea, por el contrario, es sombrío: “Todo está mal en
Galápagos”, dice. La dirigenta gremial menciona el crecimiento de la población,
la falta de control de lo que ingresa a las islas y la calidad del turismo que
el Estado promueve (y que ha crecido de 160.000 turistas anuales en 2006 a
220.000 en 2016). Si al aumento de la afluencia turística se le suma la
precariedad de los servicios básicos en centros poblados como Santa Cruz,
San Cristóbal, Baltra, Floreana e Isabela, la situación podría complicarse aún
más.
“En
Santa Cruz no tenemos agua potable, tenemos agua desalinizada”, explica
Darquea. “Y en temporada alta no abastece, como tampoco abastece en esa época
la energía eléctrica. La anterior temporada los generadores estaban a reventar.
No existe un ordenamiento, hay muchos más carros que han entrado. Carros,
motos, perros”.
El
turismo masivo también pone en peligro a las Galápagos. Tener un chiringuito en
una playa continental del Ecuador puede ser una forma barata e inofensiva de
ganarse en la vida, pero en Galápagos la proliferación de hospedajes y
restaurantes improvisados promueve la entrada de un turismo menos responsable.
“Es
lo que llamamos desgalapagazación o continentalización, que
borra la característica única de experiencia de vida única”, explica el
biólogo Orellana, “y convierte a Galápagos en nada más que sol y playa”.
El
turismo de puerto a puerto en las áreas pobladas también está saturándose:
utiliza los mismos sitios de visita que los barcos de tours navegables y los sitios
de recreación de la propia población, que en cinco años ha crecido en un diez
por ciento, hasta llegar a poco más de veinticinco mil personas. Según Darquea,
cada vez llegan más visitantes sin un tour organizado.
Esto
es un problema porque Galápagos es un sitio que vive bajo reglas únicas. El 97
por ciento del territorio de las islas es parte del parque nacional, y hay
áreas que solo pueden ser visitadas con un guía certificado. El equilibrio del
ecosistema y la supervivencia de las especies depende de ello.
Puede
sonar dramático pero es cierto: tocar una cría de lobo marino puede parecer un
gesto inofensivo, pero el humano que lo hace deja en el animal huellas de su
olor corporal, lo que confunde a la madre, que reconoce a
sus crías por su olor único, y puede llegar a abandonarlo.
El
ministro Granizo concuerda con Darquea: “Los visitantes tienen que ir con
guías, y hacer todo lo que los guías les ordenen”. Sin un guía, los turistas en
Galápagos son como elefantes en una cristalería.
A
pesar de reconocer el problema del incremento de visitas, el ministro cree que
los 220.000 turistas que se reciben están dentro de los márgenes soportables y
que el crecimiento no será infinito. Es una discusión que aún no termina entre
los ministerios de Ambiente, Turismo y el Consejo de Gobierno de las islas. “Va
a llegar un momento en que vamos a tener que decidir cuál es ese número”, dice
Granizo.
Con
el aumento de visitas y residentes en las islas, el riesgo de que entren
especies ajenas a su ecosistema ha aumentado. Cerca de 7000 toneladas de comida
llegan desde el continente a las Galápagos cada año en buques que zarpan del
puerto ecuatoriano de Manta. En muchos de estos buques se esconden plantas y
animales domésticos que no deberían vivir en el archipiélago.
Las
Galápagos son importantes porque son un laboratorio natural. Preservar este
santuario marino es como evitar la destrucción de un manual de funcionamiento
de la vida en la Tierra. Charles Darwin fue el primero en comprenderlo, cuando
llegó allí en 1835 (apenas tres años después de que el Ecuador lo anexara a su
territorio) a bordo del bergantín Beagle y encontró en los animales y la
vegetación locales la evidencia de su teoría sobre la selección natural y la
evolución de las especies.
La
romántica noción de que en Galápagos confluye la naturaleza en su estado más
puro y la ausencia del ser humano son parte de su reputación global, pero son
también el pozo de donde brota la ignorancia sobre el estado real del
archipiélago.
En
1938, la francesa Paulette Everaerd visitó el archipiélago y escribió en su
libro Galápagos, las últimas islas encantadas: “Estas islas Galápagos
de las que todo el mundo habla, y que muy pocas personas conocen
verdaderamente, son para la mayoría de los ecuatorianos un archipiélago
fabuloso, temible por su soledad, su alejamiento, por la inseguridad de sus
comunicaciones y también porque, para las gentes supersticiosas, un genio
maléfico parece reinar allí”.
A
ochenta años de esas palabras, las supersticiones han desaparecido pero el
temor no, tan solo se ha desplazado de lugar: el miedo ahora es que las últimas
islas encantadas sean un paraíso a la deriva.
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