El
principio de reciprocidad se basa en una característica elemental de la
naturaleza humana, que no es otra que la contraprestación esperada por un favor
o servicio. Y esa ecuación de gana-gana en las relaciones humanas, extrapolada
a la productividad de las empresas, tiene una utilidad coyuntural muy
importante para la economía colombiana.
La
explicación no es otra que las personas a gusto en los lugares donde trabajan
tienen un nivel de compromiso mayor y por eso invertir en su felicidad es un
buen negocio. Así lo concluyen diferentes estudios de la academia y
personalidades del mundo empresarial que reconocen a un equipo de trabajo feliz
como un equipo que obtiene mejores resultados.
Más allá de
Google, Apple, Virgin Group, Zappos y otros precursores internacionales, en
Colombia ya es un tema de estrategia empresarial. Bancolombia es un buen
ejemplo porque tiene más de 1.500 personas en teletrabajo, apuntando a la
calidad de vida pero también a la eficiencia; o Alquería y su filosofía de
coordinar los sueños de sus trabajadores. Son varios los casos.
También
lo hacemos en ProColombia. Llevamos las mejores prácticas de las grandes
multinacionales y reforzamos el área de Recursos Humanos, nos metimos a
estudiar a fondo la estructura de la organización y a conocer a las personas
que la conforman, su formación, sus expectativas, sus preferencias. Creamos un
Comité de la Felicidad e implementamos la figura de ‘business partner’,
personas que acompañan a los equipos en la consecución de mejores resultados.
Seguimos
una forma de gerenciar que llamamos ‘gentle management’, que implica puertas y
oídos abiertos, y construcciones colectivas. Es un liderazgo centrado en las
personas. De esta forma garantizamos un mejor servicio a nuestro cliente, que
no es otro que Colombia.
Hoy
por cada dólar invertido en la promoción de exportaciones no mineras, el país
recibe 123 dólares y en la de inversión extranjera directa el retorno es de 264
dólares.
Trabajamos
con optimismo porque tenemos razones para hacerlo. Colombia es un mejor país
que antes y el trabajo de la promoción se hace en un contexto muchísimo menos
complejo que hace unos años, cuando la guerra era el mayor obstáculo para el
crecimiento y el desarrollo. Sobre todo era un freno en el imaginario colectivo
internacional.
Si
me hubieran preguntado hace 30 años, cuando, como muchas personas de mi
generación recordarán, solo se hablaba mal de Colombia, que nuestro país iba a
ser portada de algunas de las revistas más importantes del mundo, recomendado
por expertos como destino turístico y de inversión, destacado por analistas por
su proyección económica, su riqueza cultural y en biodiversidad, no lo hubiera
creído.
Ya
desde hace un tiempo, como lo pronosticó un gran líder víctima de esa violencia
sin sentido, portamos con orgullo el pasaporte colombiano. Y son innumerables
las buenas noticias que llegan todos los días de afuera gracias a tantos
embajadores, deportistas, artistas y empresarios que llevan lo mejor de
Colombia por el mundo: las frutas, el cacao, la moda, las artesanías, el
talento. Tenemos de todo.
Qué bien lo dijo el Papa Francisco.
“¡No le teman al futuro! ¡Atrévanse a soñar a lo grande! No se dejen robar
la alegría ni la esperanza”. Necesitamos más de eso, más optimismo y mayores
inversiones en felicidad para garantizar mejores resultados en las empresas. La
causa común no es otra que Colombia y el desarrollo y el crecimiento económico
para un mejor país.
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